Por: Andrea Victoria Velásquez Benavides
Docente investigadora de la UTPL
Después de años de investigación, pero sobre todo de experiencias en los medios de comunicación, en la academia y en la vida cotidiana, hay una preocupación que vuelve con más fuerza: nuestra capacidad para discernir. Tenemos información al alcance de la mano a cualquier hora, pero ¿cuánto nos detenemos a pensar en lo que recibimos, creemos y compartimos?
Lo pienso cuando observo la conversación alrededor de los procesos electorales en distintos países, incluido mi Ecuador. Entre titulares, videos, opiniones y mensajes reenviados, circulan afirmaciones que despiertan miedo, indignación o esperanza. A veces reaccionamos antes de leer; otras, compartimos porque el contenido coincide con lo que pensamos. En ese instante, casi sin advertirlo, también intervenimos en la información que reciben los demás.
Por eso, en esta Semana Mundial de la Alfabetización Mediática e Informacional, quiero insistir en una convicción: todos somos parte de la AMI. Nos involucra como ciudadanos, madres, padres, docentes, estudiantes, periodistas, autoridades y creadores de contenido. Cada uno tiene una responsabilidad desde el lugar que ocupa.
La alfabetización mediática e informacional, AMI, nos ayuda a buscar, comprender, evaluar y producir información con criterio y responsabilidad. UNESCO la reconoce como una formación esencial para relacionarnos críticamente con los medios, las plataformas digitales y las nuevas tecnologías. Su importancia alcanza nuestras decisiones cotidianas y la manera en que participamos en la sociedad.
¿Para qué sirve en la práctica? Para preguntarnos quién creó un mensaje, con qué propósito, qué pruebas presenta y qué contexto podría estar faltando. Para comprobar una fecha antes de reenviar una noticia antigua como si acabara de ocurrir. Para reconocer que una fotografía impactante necesita verificación y que una opinión, por convincente que parezca, requiere argumentos si pretende presentarse como un hecho.También nos invita a reconocer nuestros propios sesgos. Es fácil cuestionar una publicación que contradice nuestras ideas; el desafío aparece cuando debemos examinar con el mismo cuidado aquello que nos da la razón. El pensamiento crítico exige esa honestidad: aceptar que podemos equivocarnos y estar dispuestos a cambiar de opinión cuando la evidencia lo justifica.
Comprender cómo funcionan las plataformas forma parte de este aprendizaje. Lo que aparece en nuestras pantallas responde a sistemas de selección y recomendación que influyen en la información que encontramos. Conocer esa mediación nos permite preguntarnos qué perspectivas estamos viendo, cuáles podrían estar quedando fuera y por qué conviene buscar otras fuentes. Esta capacidad tiene un valor especial para la convivencia democrática. Necesitamos poder conversar sobre nuestras diferencias, contrastar propuestas y participar sin convertir a quien piensa distinto en un enemigo. Considero que aprender a escuchar, argumentar y verificar es una tarea ciudadana tan necesaria como aprender a expresarnos.
Desde la investigación hemos procurado llevar estas preocupaciones al terreno de las propuestas. Como grupo de investigación, hemos presentado una propuesta de política pública en materia de AMI al Ministerio de Telecomunicaciones. Ese esfuerzo responde a una convicción que sostengo: debemos abordar esta formación desde sus bases y darle continuidad.
La AMI debe estar presente de manera transversal en la educación básica, el bachillerato y la universidad, y acompañarnos durante toda la vida. Puede trabajarse al interpretar una noticia, revisar una fuente para una tarea, analizar una publicidad o debatir sobre un asunto público. Para que eso ocurra, también necesitamos docentes preparados, instituciones comprometidas y familias que participen. Lo digo desde mi lugar como académica, pero también como madre de un joven de la generación Z. Confío plenamente en las nuevas generaciones, en su creatividad y en su capacidad para construir otras formas de aprender y participar. Precisamente por esa confianza, reconozco el compromiso que tenemos de acompañarlas.Manejar con facilidad una aplicación no garantiza que sepamos evaluar la información que aparece en ella. Nuestra responsabilidad como adultos implica abrir conversaciones, escuchar sus experiencias y aprender juntos. También debemos revisar nuestras propias prácticas: qué compartimos en los grupos familiares, cómo reaccionamos ante un rumor y qué ejemplo damos cuando alguien nos demuestra que una información era falsa.
Con ese espíritu, este viernes 30 de octubre, desde la Universidad Técnica Particular de Loja y nuestro grupo de investigación CET, nos sumaremos a la Semana Mundial de la AMI con dos espacios de encuentro: un panel para reflexionar sobre AMI y ciudadanía crítica, y un taller con jóvenes de colegios sobre pensamiento crítico y contenidos. Junto con mis colegas, buscamos acercar esta reflexión a experiencias concretas y escuchar también lo que los jóvenes tienen que decir.
La inteligencia artificial hace todavía más necesaria esta conversación. Hoy podemos crear textos, imágenes, audios y videos con una facilidad extraordinaria. Estas posibilidades ofrecen oportunidades para aprender y crear, y exigen mayor atención a la autenticidad, la evidencia y la responsabilidad de quienes las utilizan. UNESCO destaca que la formación técnica debe ir acompañada de pensamiento crítico y capacidad para tomar decisiones sobre el uso de la IA. Mi invitación es a acercarnos a estas herramientas con curiosidad y criterio. El miedo puede paralizarnos; comprender nos permite decidir mejor. Podemos aprender a utilizarlas, cuestionar sus resultados y establecer límites cuando sea necesario.
Vivimos transformaciones tecnológicas, políticas y económicas que requieren aprendizaje continuo. En medio de esos cambios, hay compromisos que debemos sostener: el respeto por la dignidad de las personas, la búsqueda de información fiable, la disposición al diálogo y la responsabilidad por nuestras acciones. Estar mejor informados exige prestar atención a la calidad de lo que sabemos y reconocer lo que todavía desconocemos. Esa tarea comienza en gestos sencillos: detenernos antes de compartir, comprobar una fuente, preguntar con respeto y admitir una equivocación.
La próxima vez que un contenido nos provoque una reacción inmediata, podemos concedernos unos segundos para pensar. Ese pequeño espacio entre recibir y compartir también es una oportunidad para cuidar a los demás. Allí empieza la AMI que cada uno puede poner en práctica.
Fuentes de consulta
UNESCO. Media and Information Literacy. https://www.unesco.org/en/media-information-literacy
UNESCO. Advancing Media and Information Literacy in the Age of Artificial Intelligence. https://www.unesco.org/en/artificial-intelligence/mil-age-ai
UNESCO. Artificial Intelligence. Media and Information Literacy, Human Rights and Freedom of Expression. https://iite.unesco.org/wp-content/uploads/2021/03/AI_MIL_HRs_FoE_2020.pdf


